viernes, 8 de abril de 2016

La Reina Pirata

Cuento 10


No son muchas las cosas en las que se ponen de acuerdo los habitantes de Syleria. Como bien dijo el primer filósofo syleriano: “Por mucha nieve que caiga, la sopa seguirá igual de mala”. Pero si había algo que todos tenían claro en aquel mundo, es que era mejor no acercarse al Mar de Arena.
Y no lo decían por las hambrientas pirañas con dientes de granito que patrullan la costa, ni por los tentáculos que salían de las profundidades creando nubes de polvo y arena mientras te aferraban y tiraban de ti hacia el fondo. Tampoco lo decían por las tormentas en las que caían zafiros puntiagudos en vez de gotas, y rocas como casas en vez de rayos. Ni por los torbellinos que surgían de la nada y, en cuestión de segundos, te hundían en mitad del mar.
No, claro que no. Lo decían por Reyna. Cuenta la leyenda que incluso las orcas de sílice cambian de camino si ven el barco pirata a menos de tres kilómetros. Y es bien conocido por todos, que las leyendas dicen siempre la verdad.


-¡Fuego a estribor!-ordenó una voz sensual, y a la vez temible.

El rugido de veinte cañones pesados disparando a la vez era la melodía que más le gustaba escuchar a Reyna por las mañanas. Las balas de plomo salieron volando, y estallaron contra un enorme galeón que surcaba el mar a unos metros. Los dos navíos viajaban en paralelo, como si compitiesen en una carrera. El barco de Reyna era bastante más pequeño en comparación. Aquel galeón tendría al menos cuarenta cañones a cada lado, y un piso más de altura. Por suerte, eso les hacía un blanco fácil, a la vez que les complicaba la tarea de acertar al pequeño navío que viajaba a su lado, a unos metros. Cada vez más juntos.

-¡Reyna!-gritaron desde los cañones-¡Están demasiado cerca, no podemos seguir disparando!

Su rostro se crispó. Odiaba cuando cortaban las canciones antes del final. Con sus dos manos se recolocó el enorme sombrero negro, lleno de tajos, en una posición más amenazadora, y se apartó el pelo castaño de su cara. Ya tenía suficiente con la arena.
Sus ojos, verde oscuros, miraron al galeón, meditando sus opciones. No gastó mucho tiempo decidiendo.

-Que les den por culo-dijo para sí.

Cogió el timón con una mano, y lo empujó hacia la derecha.
El barco cambió de rumbo y chocó con una gran sacudida. La proa se incrustó en el galeón desgarrando las tablas de madera y dejando un boquete considerablemente amplio en la tercera planta. La capitana dejó el timón y desenfundó su espada.

-¡Al ataque!

Toda la tripulación dejó sus tareas y desenfundó las armas, uniéndose a su capitana. Hacían un grupo de lo más variopinto. Hombres y mujeres, sucios de pólvora y arena,  armados con espadas, lanzas, dagas y martillos, corriendo hacia aquel boquete improvisado.

Y precisamente por ser improvisado, no estaba defendido.

Reyna entró la primera. Alzó el sable, parando a pocos centímetros un filo enemigo y pegó una patada a la entrepierna del rival, que se encogió gimiendo. Con un elegante movimiento de muñeca, le desarmó y le cortó la garganta.

El resto de los marineros parecieron reconocerla, y un brillo de temor se asomó en sus ojos. Pero ninguno dudó. Estaban allí para acabar con ella. Reyna sonrió. Le gustaban los retos.

Junto con su tripulación, limpiar la planta le llevó menos de un minuto. Tal vez los rivales fuesen buenos espadachines, pero Reyna sabía perfectamente cómo acabar con los corderos armados.

-¡Caballeros!¡Id hacia abajo y llevad el botín a donde le pertenece!-dijo bien alto-¡Señoritas, vosotras me acompañareis arriba!


En la cubierta, el Capitán Tripton esperaba junto con la mayoría de su tripulación a que se abriese la puerta que daba a la tercera planta. Acabarían con aquella pirata escurridiza costase lo que costase. Escucharon el ruido de los pasos avanzando, la madera crujiendo, y la puerta se empezó a abrir… De repente sonó una gran explosión y desapareció un trozo de suelo, saltando las astillas y hundiendo a varios de sus hombres. Entre la confusión, la capitana y sus chicas salieron por el agujero improvisado. Les gustaba improvisar.
Tripton gritó de ira y se lanzó contra Reyna.

-¿No te enseñaron a usar las puertas?-dijo indignado, mientras lanzaba un mandoble directo a la garganta.

Reyna frenó el ataque con su sable, dándole el tiempo necesario para agacharse, mientas el ataque cortaba el aire… y dejaba un tajo más en su sombrero.

-Habría muerto hace mucho si fuese tan predecible, ¿no crees?

Tripton volvió a atacar con una serie de golpes sin descanso. Cargó de izquierda a derecha, y mientras Reyna se recobraba de su esquive, volvió a lanzar su espada en un golpe diagonal desde las alturas. La pirata paró el golpe con su espada, y avanzó con un giro suave y provocativo. Las décimas de segundo que Tripton se desconcentró, le costaron un tajo a la altura de la rodilla.

-Serás hija de puta-el calor de la sangre le rociaba la pierna izquierda.

Se lanzó contra ella de improviso, haciéndola retroceder más de lo que le habría gustado. La capitana se chocó contra el mástil mayor lanzando un gemido. Las astillas se clavaron en su espalda y la madera le raspó los hombros. Tripton lanzó un ataque recto al corazón.
Reyna hizo un esfuerzo por apartarse de la trayectoria olvidando el dolor de sus articulaciones, y la espada se clavó en la madera. Tripton trató de recuperarla, pero Reyna le tiró al suelo de una patada. La espada seguía clavada en el mástil.

-Parece que hoy no te vas a salir con la tuya-dijo la pirata, sonriente, avanzando hacia él con la espada por delante.

El Capitán, tirado en el suelo, retrocedió de espaldas ayudándose con las manos, alejándose lo más rápido que podía de aquella bestia. Los ojos de Reyna brillaron en cuanto las manos de Tripton rozaron una nueva madera. Miró a su espalda; Habían llegado a la plancha.

Tripton se levantó y la espada se posó suavemente en su pecho. No estaba dispuesto a retroceder por aquella rampa.

-Por favor-suplicó, agotado-Perdóname.

Sin embargo la espada cada vez hacía más presión en su pecho. Dio un paso hacia atrás. La espada avanzó con él, obligándole a seguir retrocediendo.
La plancha empezó a curvarse ligeramente ante el peso de los dos capitanes. Reyna frenó en seco.

-¿Acaso no te contaron las historias?-preguntó la capitana pirata-Adentrarse en este mar, significa ser parte de mi botín.

Con una mueca de asco, dio la espalda a Trinton y avanzó de vuelta a la cubierta del barco. Sus chicas ya habían acabado con casi todos aquellos bárbaros. Un “click” metalizado sonó a su espalda.

-No des un paso más, zorra de mierda.

Reyna se giró muy lentamente. Reconocería aquel sonido en cualquier lugar. El capitán Trinton le apuntaba con un revólver de calibre 40.

-Tal vez me hayas ganado la batalla, pero no vas a salir viva de este infierno. Te voy a meter una bala en esa cabecita tan mona y perfecta como que me llamo Liuk, ¡que me trague la tierra si miento!

El suelo retumbó como si le hubiese oído, y del mar surgieron dos enormes tentáculos levantando una nube de polvo y arena. Con una velocidad casi imposible, empezaron a enrollarse alrededor del capitán Lyuk Trinton, estrujándolo y rompiendo sus huesos mientras agonizaba de dolor. Un instante después, los tentáculos desaparecieron, y Trinton desapareció con ellos.

Reyna observó el espectáculo aterrorizada, hasta que empezó a reírse a carcajadas. Cuando logró calmarse, se acercó a la desierta plancha, sobre la que reposaba un pequeño objeto metálico. Lo recogió y volvió a la cubierta.

-¡Va siendo hora de volver, señoritas!-dijo sonriente-Nuestros hombres deben de llevar esperándonos desde hace un buen rato.

1 comentario:

Comentad cuanto querais, ¡Para algo existe la libertad de expesión!