lunes, 11 de abril de 2016

El Poder Helado

Cuento 11


El reino de Alabasia se extendía desde la cima más alta de las Montañas del Ocaso hasta el último grano de sílice del Mar de Arena, atravesando la gran Meseta Roja. No era la región más grande de Syleria, ni probablemente la más avanzada, pero allí fue donde comenzó todo; la primera región habitada. Eran los que mejor comprendían el mundo.


Crimsol se limpió el sudor de la frente antes de ponerse de nuevo en posición defensiva. Sus rodillas se doblaron ligeramente, como si fuese a saltar de un momento a otro, y sus manos agarraron el mango del espadón aún con más fuerza. Sus ojos castaños se fijaron con determinación en el artefacto que tenía frente a él. Una caja negra sujeta por cuatro largas patas. En el centro,  seis cilindros le observaban, espectantes.

-¡Dale!-gritó al aire.

Entonces los engranajes empezaron a girar. El sonido oxidado del mecanismo se escuchaba cada vez más alto. Plop. De la máquina salió disparada una bola de madera del tamaño de un puño. Crimsol se desplazó a la velocidad del rayo hacia un lado y descargó un gran golpe sobre la bola. El filo la atravesó como con una facilidad aterradora, y la bola cayó al suelo partida por la mitad. Polp Polp. No había tiempo para descansar. Sus pies se movieron entre la arena y preparó su siguiente golpe.


Rothford era la capital de Alabasia. Los gigantescos muros de piedra que rodeaban la ciudad podían parecer incluso exagerados; y de hecho así era. Los muros no se construyeron para defenderse de los ejércitos enemigos que una vez cada cien años atravesaban las Montañas del Ocaso, sino para frenar las monstruosidades que salían del Mar de Arena cada milenio.

Merece la pena añadir que, en aquel momento, en las afueras de la ciudad, un galeón zarpaba desde el ancho rio Lao dirección al Mar de Arena. Lyuk Tripton a bordo, reflexionaba sobre cómo vencer a la famosa Reina Pirata...


En el castillo que se elevaba imponente en el centro de la ciudad, una voz retumbó en el salón del trono.

-Adelante.

Las puertas se abrieron, y una figura entró con paso firme. Llevaba puesta una armadura plateada que lanzaba rayos de luz a cada paso. La capa, verde oscuro con bordes dorados, ondeaba en sintonía con los destellos. No llevaba casco. Sus ojos, azul hielo, se clavaron en la figura sentada en el trono. Apoyó una rodilla en el suelo en gesto de sumisión.

-Buenos días, padre-dijo con una voz inexpresiva.

El rey le miró desde el trono. Nunca se había fiado de su hijo menor. Tal vez fuese por esa actitud tan reservada que llevaba a todas partes, o por aquellos ojos gélidos que no eran de su madre ni suyos. Pero lo cierto era que no le había fallado ni una sola vez en todos aquellos años.

-Puedes levantarte, Regis-dijo al fin-¿Dónde está tu hermano?

-Crim sigue en la sala de entrenamiento, padre.

-Ah, cierto cierto-dijo meditabundo-¿Podrías llevarme junto a la ventana, hijo? Mis huesos ya no son lo que eran.

-Claro, padre-lo dijo con un ligero toque de sarcasmo. Pero el rey estaba demasiado viejo como para percatarse de ello.

Regis permitió que su padre se apoyase en él, y se acercaron a la ventana que daba a los patios interiores del castillo. La luz que entraba por ella bañaba la estancia de un aura cálida y calmada.

-Pronto vendrá la familia Mondrake a negociar-dijo el rey-Estos últimos años han estado muy insistentes, y no paran de reclamar el derecho al trono. Solo saben decir estupideces sobre que tienen sangre real, o que van a montar una rebelión y tomar el castillo.

-Acaba con ellos pues, padre-dijo indiferente.

-Y entonces saldrán otros. O tal vez se unirán todos los nobles buscando respuestas y poder. No, así no funciona la política, Regis. Probablemente haya que ceder.

-Si cedes, se harán con el trono-una chispa de rabia recorrió la frase.

-Si cedo, dejarán de decir tonterías, y será más fácil controlarles-sentenció el rey.

-No, padre-negó con la cabeza-Así no funciona la política.

Y con un movimiento ensayado cientos y cientos de veces a lo largo de su vida, Regis desenvainó la espada y atravesó el corazón del rey. Allí donde la espada estaba en contacto con la piel, ésta se tornaba de un color blanquecino y frágil. Poco a poco, lo que antes había sido el rey de Alabasia, se convirtió en una estatua de hielo. Los ojos de Regis brillaron más fríos que nunca.  


Cuando Crim acabó el entrenamiento y salió a la calle, se dio cuenta de que algo iba mal. Se escuchaba el galope de decenas de caballos por las calles seguido de súplicas y gritos de dolor. A lo lejos, una columna de humo se elevaba hasta lo más alto de la muralla. El príncipe se acercó a un hombre que corría por la calle y le agarró por el hombro.

-¿Se puede saber que está pasando?

El hombre se debatió con la mirada entre responderle o salir corriendo.

-Están atacando la ciudad, señor. Dicen que el rey ha muerto, y que los espíritus de sus enemigos han vuelto a la vida para destruir Rothford.

Crim le soltó. “El rey ha… ¿muerto?” Sin dudar ni un momento, salió corriendo hacia el castillo.
Cuanto más avanzaba, el caos que recorría la ciudad se iba acentuando. Incendios por todas partes, signos de batalla en cada esquina, edificios semiderruidos… y un inquietante silencio que no debería estar ahí.

Crimsol llegó al castillo agotado. Un gran puente cruzaba el rio Lao, que nacía en la Montaña Aria y desembocaba en el Mar de Arena. Al otro lado del puente, estaban las puertas del castillo. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo; Estaban abiertas de par en par. A su espalda escuchó el ruido de unos cascos chocando contra la piedra. Aferró el mango de su arma aún enfundada, y esperó. Su padre le había explicado miles de veces que la paciencia era la clave del éxito. "3…2…1…”

-¡Ya!-Se giró y desenfundó el espadón, usando la inercia del movimiento para arremeter con un tajo horizontal capaz de cortar un árbol de un solo golpe.
Crim tuvo tiempo de ver a un caballo hecho de cristal helado un instante antes de que estallase en mil fragmentos al recibir el golpe. El soldado semitransparente que iba montado, calló de bruces contra el suelo, aunque no tardó en levantarse.

-¿A quién sirves, engendro?

Mas el monstruo de hielo no respondió. Lentamente desenfundó su espada, también forjada en hielo, y se lanzó contra el príncipe. Crim esquivó el golpe con un salto y contraatacó. Las espadas chocaron, y para su sorpresa, esta vez no estalló en pedazos.
Furioso, volvió a atacar por todos los flancos con movimientos expertos. El guerrero le frenó todos sus ataques con una tranquilidad gélida.
Entonces escuchó un chisporroteo a su espalda. Para él, aquello solo tenía un significado. Magia.
Saltó hacia un lado justo en el momento en el que una gema helada salió disparada. El proyectil rozó la espada de Crim, y fue a clavarse contra el soldado. Con un golpe sordo, el soldado estalló en pedacitos de cristal.

-Bien esquivado, hermanito.

Crimsol se giró y vio a Regis bajo la entrada al castillo. Sus ojos relucían con un aura sobrenatural. Fría. Calculadora.

-¿Regis?-preguntó conmocionado-¿Qué está pasando?

-Acaso no lo ves-le dijo señalándole la ciudad, mientras avanzaba por el puente-Voy a cambiar este reino.

Crim se atrevió a enfrentarse a los ojos de su hermano por primera vez en muchos años. Y vio. Vio la ira, el rencor y la ambición. Pero también vio el poder. Su hermano y él habían tenido vidas muy separadas desde jóvenes. A él lo prepararon para ser rey, y a Regis para ser soldado. Pero, ¿desde cuándo tenía todo ese poder? ¿Desde cuándo sabía hacer magia?

-¿Has matado a padre?-peguntó, temiendo confirmar lo que ya sabía.

-No me digas que te da pena-dijo divertido-Tan solo era un anciano. Un rey incapaz de ser rey. Estará mejor allá a donde haya ido.

Crim aferró su espadón y cargó contra su hermano. Los ojos de Regis destellaron, y comenzaron a salir estacas heladas del suelo. El príncipe las esquivó ágilmente, imparable. Su hermano pagaría por lo que había hecho.
Justo cuando iba a lograr su objetivo, una estaca surgió del suelo con una fuerza imposible, y se clavó en su pecho. Lo atravesó de lado a lado.

-Hermanito, algunas cosas no se pueden cambiar. Por suerte, los reyes son de las cosas que más rápidamente cambian.

Crim trató de insultarle, pero de su garganta solo salió sangre. La estaca desapareció tan rápido como había salido, dejando al príncipe tirado en el suelo.
Con un suspiro, Regis cargó forzosamente con el cuerpo de su hermano y lo tiró por el puente. Para las tareas cotidianas como sacar la basura no merecía la pena usar magia.

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