Cuento 11
El reino de Alabasia se extendía desde
la cima más alta de las Montañas del Ocaso hasta el último grano de sílice del
Mar de Arena, atravesando la gran Meseta Roja. No era la región más grande de
Syleria, ni probablemente la más avanzada, pero allí fue donde comenzó todo; la primera región habitada. Eran los que mejor comprendían el mundo.
Crimsol se limpió el sudor de la frente
antes de ponerse de nuevo en posición defensiva. Sus rodillas se doblaron
ligeramente, como si fuese a saltar de un momento a otro, y sus manos agarraron
el mango del espadón aún con más fuerza. Sus ojos castaños se fijaron con determinación en el artefacto que tenía frente a él. Una caja negra sujeta por
cuatro largas patas. En el centro, seis
cilindros le observaban, espectantes.
-¡Dale!-gritó al aire.
Entonces los engranajes empezaron a
girar. El sonido oxidado del mecanismo se escuchaba cada vez más alto. Plop. De la máquina salió disparada una
bola de madera del tamaño de un puño. Crimsol se desplazó a la velocidad del
rayo hacia un lado y descargó un gran golpe sobre la bola. El filo la atravesó
como con una facilidad aterradora, y la bola cayó al suelo partida por la
mitad. Polp Polp. No había tiempo
para descansar. Sus pies se movieron entre la arena y preparó su siguiente
golpe.
Rothford era la capital de Alabasia. Los
gigantescos muros de piedra que rodeaban la ciudad podían parecer incluso
exagerados; y de hecho así era. Los muros no se construyeron para defenderse de
los ejércitos enemigos que una vez cada cien años atravesaban las Montañas del
Ocaso, sino para frenar las monstruosidades que salían del Mar de Arena cada milenio.
Merece
la pena añadir que, en aquel momento, en las afueras de la ciudad, un galeón
zarpaba desde el ancho rio Lao dirección al Mar de Arena. Lyuk Tripton a bordo, reflexionaba sobre cómo vencer a la famosa Reina Pirata...
En el castillo que se elevaba imponente en
el centro de la ciudad, una voz retumbó en el salón del trono.
-Adelante.
Las puertas se abrieron, y una figura
entró con paso firme. Llevaba puesta una armadura plateada que lanzaba rayos de
luz a cada paso. La capa, verde oscuro con bordes dorados, ondeaba en sintonía
con los destellos. No llevaba casco. Sus ojos, azul hielo, se clavaron en la
figura sentada en el trono. Apoyó una rodilla en el suelo en gesto de sumisión.
-Buenos días, padre-dijo con una voz
inexpresiva.
El rey le miró desde el trono. Nunca se
había fiado de su hijo menor. Tal vez fuese por esa actitud tan reservada que
llevaba a todas partes, o por aquellos ojos gélidos que no eran de su madre ni suyos.
Pero lo cierto era que no le había fallado ni una sola vez en todos aquellos
años.
-Puedes levantarte, Regis-dijo al
fin-¿Dónde está tu hermano?
-Crim sigue en la sala de entrenamiento,
padre.
-Ah, cierto cierto-dijo meditabundo-¿Podrías
llevarme junto a la ventana, hijo? Mis huesos ya no son lo que eran.
-Claro, padre-lo dijo con un ligero
toque de sarcasmo. Pero el rey estaba demasiado viejo como para percatarse de ello.
Regis permitió que su padre se apoyase
en él, y se acercaron a la ventana que daba a los patios interiores del
castillo. La luz que entraba por ella bañaba la estancia de un aura cálida y
calmada.
-Pronto vendrá la familia Mondrake a
negociar-dijo el rey-Estos últimos años han estado muy insistentes, y no paran
de reclamar el derecho al trono. Solo saben decir estupideces sobre que tienen
sangre real, o que van a montar una rebelión y tomar el castillo.
-Acaba con ellos pues, padre-dijo
indiferente.
-Y entonces saldrán otros. O tal vez se
unirán todos los nobles buscando respuestas y poder. No, así no funciona la
política, Regis. Probablemente haya que ceder.
-Si cedes, se harán con el trono-una
chispa de rabia recorrió la frase.
-Si cedo, dejarán de decir tonterías, y
será más fácil controlarles-sentenció el rey.
-No, padre-negó con la cabeza-Así no
funciona la política.
Y con un movimiento ensayado cientos y
cientos de veces a lo largo de su vida, Regis desenvainó la espada y atravesó
el corazón del rey. Allí donde la espada estaba en contacto con la piel, ésta se
tornaba de un color blanquecino y frágil. Poco a poco, lo que antes había sido
el rey de Alabasia, se convirtió en una estatua de hielo. Los ojos de Regis
brillaron más fríos que nunca.
Cuando Crim acabó el entrenamiento y
salió a la calle, se dio cuenta de que algo iba mal. Se escuchaba el galope de
decenas de caballos por las calles seguido de súplicas y gritos de dolor. A lo
lejos, una columna de humo se elevaba hasta lo más alto de la muralla. El príncipe
se acercó a un hombre que corría por la calle y le agarró por el hombro.
-¿Se puede saber que está pasando?
El hombre se debatió con la mirada entre
responderle o salir corriendo.
-Están atacando la ciudad, señor. Dicen
que el rey ha muerto, y que los espíritus de sus enemigos han vuelto a la vida para destruir Rothford.
Crim le soltó. “El rey ha… ¿muerto?” Sin
dudar ni un momento, salió corriendo hacia el castillo.
Cuanto más avanzaba, el caos que recorría
la ciudad se iba acentuando. Incendios por todas partes, signos de batalla en
cada esquina, edificios semiderruidos… y un inquietante silencio que no debería
estar ahí.
Crimsol llegó al castillo agotado. Un
gran puente cruzaba el rio Lao, que nacía en la Montaña Aria y
desembocaba en el Mar de Arena. Al otro lado del puente, estaban las puertas
del castillo. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo; Estaban abiertas de par en par.
A su espalda escuchó el ruido de unos cascos chocando contra la piedra. Aferró
el mango de su arma aún enfundada, y esperó. Su padre le había explicado miles
de veces que la paciencia era la clave del éxito. "3…2…1…”
-¡Ya!-Se giró y desenfundó el espadón, usando
la inercia del movimiento para arremeter con un tajo horizontal capaz de cortar
un árbol de un solo golpe.
Crim tuvo tiempo de ver a un caballo
hecho de cristal helado un instante antes de que estallase en mil fragmentos al
recibir el golpe. El soldado semitransparente que iba montado, calló de bruces
contra el suelo, aunque no tardó en levantarse.
-¿A quién sirves, engendro?
Mas el monstruo de hielo no respondió. Lentamente
desenfundó su espada, también forjada en hielo, y se lanzó contra el príncipe.
Crim esquivó el golpe con un salto y contraatacó. Las espadas chocaron, y para su
sorpresa, esta vez no estalló en pedazos.
Furioso, volvió a atacar por todos los flancos
con movimientos expertos. El guerrero le frenó todos sus ataques con una
tranquilidad gélida.
Entonces escuchó un chisporroteo a su
espalda. Para él, aquello solo tenía un significado. Magia.
Saltó hacia un lado justo en el momento
en el que una gema helada salió disparada. El proyectil rozó la espada de Crim,
y fue a clavarse contra el soldado. Con un golpe sordo, el soldado estalló en
pedacitos de cristal.
-Bien esquivado, hermanito.
Crimsol se giró y vio a Regis bajo la
entrada al castillo. Sus ojos relucían con un aura sobrenatural. Fría.
Calculadora.
-¿Regis?-preguntó conmocionado-¿Qué está
pasando?
-Acaso no lo ves-le dijo señalándole la
ciudad, mientras avanzaba por el puente-Voy a cambiar este reino.
Crim se atrevió a enfrentarse a los ojos
de su hermano por primera vez en muchos años. Y vio. Vio la ira, el rencor y la
ambición. Pero también vio el poder. Su hermano y él habían tenido vidas muy
separadas desde jóvenes. A él lo prepararon para ser rey, y a Regis para ser soldado.
Pero, ¿desde cuándo tenía todo ese poder? ¿Desde cuándo sabía hacer magia?
-¿Has matado a padre?-peguntó, temiendo confirmar
lo que ya sabía.
-No me digas que te da pena-dijo divertido-Tan solo era un anciano. Un rey incapaz de ser rey.
Estará mejor allá a donde haya ido.
Crim aferró su espadón y cargó contra su
hermano. Los ojos de Regis destellaron, y comenzaron a salir estacas heladas
del suelo. El príncipe las esquivó ágilmente, imparable. Su hermano pagaría por
lo que había hecho.
Justo cuando iba a lograr su objetivo,
una estaca surgió del suelo con una fuerza imposible, y se clavó en su pecho.
Lo atravesó de lado a lado.
-Hermanito, algunas cosas no se pueden
cambiar. Por suerte, los reyes son de las cosas que más rápidamente cambian.
Crim trató de insultarle, pero de su
garganta solo salió sangre. La estaca desapareció tan rápido
como había salido, dejando al príncipe tirado en el suelo.
Con un suspiro, Regis cargó forzosamente
con el cuerpo de su hermano y lo tiró por el puente. Para las tareas cotidianas
como sacar la basura no merecía la pena usar magia.
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