Cuento 7
Siempre que se habla de
vida fuera de la Tierra, pensamos en otros planetas, en los que habitan seres
más o menos humanoides, más o menos inteligentes, y más o menos peligrosos.
Pero, ¿y si no fuese así? ¿Y si hubiese vida en el espacio exterior? Quiero decir, en el espacio, literalmente.
Pero, ¿y si no fuese así? ¿Y si hubiese vida en el espacio exterior? Quiero decir, en el espacio, literalmente.
Flupp era un pez espacial. No era
demasiado grande; Tenía dos pares de aletas laterales, una aleta dorsal alta y
puntiaguda, y una cola espaciodinámica, con la que podía propulsarse
lanzando pequeñas cantidades de energía.
Y en aquel momento, estaba huyendo con todas sus fuerzas. Flupp dio una amplia brazada con sus aletas y creó una pequeña explosión con su cola mientras sentía la fuerza de la aceleración tirando de él hacia adelante.
A una distancia considerable, algo similar a un tiburón espacial avanzaba imparable, directo hacia su presa.
Y en aquel momento, estaba huyendo con todas sus fuerzas. Flupp dio una amplia brazada con sus aletas y creó una pequeña explosión con su cola mientras sentía la fuerza de la aceleración tirando de él hacia adelante.
A una distancia considerable, algo similar a un tiburón espacial avanzaba imparable, directo hacia su presa.
Flupp vio a lo lejos un
campo de asteroides, y no dudó ni un segundo en adentrarse y esconderse tras
una gran roca espacial. A muy pocos peces les gustan los asteroides, pues
tienen la manía de acelerar bruscamente por la influencia de los campos
gravitatorios o por las radiaciones energéticas de las supernovas. Pero Flupp
se sentía más seguro allí, que afuera. Incluso aunque pudiese convertirse en
puré espacial en cualquier momento.
-¿Qué? ¿Te da miedo el
tiburón?-dijo una voz rasposa.
Flupp miró a todos lados, pero no
vio a nadie.
-Soy yo-dijo de nuevo-A tu lado.
Flupp se giró lentamente hacia la
roca. Pero sólo había eso, una roca.
-Las rocas no hablan.
-Y los peces tampoco-le
respondió-Además, no soy una roca, soy un asteroide.
Flupp abrió la boca, pero no logró articular palabra las primeras veces-¿Estoy en un
campo de asteroides parlantes?
-No digas tonterías. La mayoría
son rocas, y las rocas no hablan-dijo, muy satisfecho de sí mismo-Solo los
asteroides hacemos la fotosíntesis.
-¿Fotoqué? Mira, no me lo digas, creo que prefiero no
saberlo-dijo pensándoselo mejor-¿Puedes ver al tiburón?
-Sí
Flupp se quedó expectante, hasta
que entendió que el asteroide no iba a decir nada más.
-Bien, ¿y dónde está?
-Cada vez más cerca-respondió,
serenamente-Parece que no le damos mucho miedo.
El tiburón se asomó
entre un par de rocas, y Flupp salió aleteando tan rápido como pudo. A la
derecha, por arriba, ¡por debajo! fiu, casi me choco. ¡Entra las dos rocas!
Flupp logró
atravesarlas sin quedarse atascado, pero el tiburón no tuvo la misma suerte.
Ya iba a cantar
victoria cuando, de repente, el tiempo pareció pararse. O más bien, los miles
de asteroides. Por unos segundos, la calma más absoluta reinó en el campo. Y
luego, con un estruendo de cientos de rocas resquebrajándose y chocando entre sí,
todo comenzó a girar. Era como si, de la nada, hubiese surgido un planeta, y todos
los asteroides se sintiesen irremediablemente atraídos a chocarse contra él.
Flupp luchó con todas
sus fuerzas contra aquel torbellino que le obligaba a avanzar hacia donde no quería. Y habría logrado escapar, si un asteroide no se hubiese chocado
contra él con un ruido sordo.
-Vaya, así que sigues
vivo-le dijo el asteroide.
Flupp, pegado a la
superficie rocosa e incómoda, no se podía creer que estuviese escuchando
aquella voz de nuevo.
-¿Se puede saber qué
está pasando?-chilló histérico.
-Quién sabe. Algunos
dicen que nos han llamado para formar un planeta, otros hablan de usarnos para
destruir otro… Y los más religiosos creen que ha llegado del día de la Digestión.
La verdad, siempre he soñado con poder ver ese día. Dicen que la Gran…
-Vale vale, no hace
falta que digas más-interrumpió Flupp-Se ve que no tienes ni...
“Flupp”. La Gran Ballena Espacial cerró la boca, satisfecha. No todos
los días se encontraba un campo de asteroides tan nutritivo como aquel. Seguramente,
podría pasarse los próximos cincuenta años durmiendo sin que los rugidos
estomacales la despertasen. La Gran Ballena opinaba que, con el estómago lleno, lo mejor que se podía hacer era dormir, y con el estómago vacío, lo mejor que había que hacer era comer. Por descarte, el resto de cosas se hacían entre Tener el estómago vacío y Comerse un campo de asteroides.
Con el sonido característico que hacen las ballenas espaciales después de comer, la Gran Ballena Espacial dio un coletazo y vagó por el vacío en busca de un sitio calentito donde dormir.
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