lunes, 4 de abril de 2016

Una vida corriente

Cuento 6


La mayoría de los seres antropomorfos, son bastante impresionantes. Los hombres-lobo, conocidos por las megafiestas que dan las noches de luna llena, los hombres-gato, cuyo género femenino suele ser descaradamente sexy, o incluso los hombres-lagarto, que aunque no tienen buena fama, dicen que si les cortas la cola, les sale otra nueva.

La pregunta que se hacía Patrick todas las mañanas era: ¿Qué coño tenía de bueno ser un hombre-violín?
A menudo, trataba de olvidarse de lo que era. Al fin y al cabo, Patrick tenía una versión humana completamente normal, pudiendo llevar una vida súper-mega-corriente.
Pero había un pequeño detalle; Las noches de concierto en el Auditorio Nacional, no era capaz de controlar a su yo-violín. Y ser un violín era muy aburrido si nadie te tocaba.

Había probado de todo con tal de ser sólo humano. Una vez se mudó a Madrid, pero su yo-violín conectó con el Auditorio Nacional de la ciudad. Después viajó a Haití, donde no había Auditorios Nacionales. Pero su yo-violín conectó con una banda que tocaba algunas noches en una plaza de la capital. Incluso probó mandando denuncias al Ayuntamiento, tratando que cerrasen el auditorio. Pero nadie se creyó su historia.

Una noche de Auditorio, Patrick decidió ir a ver la obra representada “Recopilación de las mejores canciones para cuerda”.
Ya había ido algunas veces. Solía comprar asientos en la última fila, para que nadie se fijase en su transformación. Al menos, cuando era violín, seguía teniendo los cinco sentidos. Bueno, tres. Ni la vista ni el gusto.
Aquella noche, mientras paseaba hacia el auditorio, nada más girar la última esquina, se chocó bruscamente contra otra persona. La desconocida cayó al suelo del impacto y lanzo un gemido de dolor. Patrick, dolorido y mareado, se apoyó contra una pared cercana esperando a que la cabeza parase de darle vueltas.

-¿De verdad me vas a dejar tirada en el suelo?-le preguntó la joven, entre enfadada y divertida.

Patrick tardó en reaccionar, pero al final llegó hasta la chica y le ayudó a levantarse.

-Perdón-se disculpó.

Pero la chica ya no le escuchaba. Estaba embobada mirando hacia su espalda, en la que llevaba una funda negra, con forma de ukelele.
A la velocidad del rayo, sacó el instrumento de su funda y lo miró a través de las lágrimas. Era un violín. El mástil estaba ligeramente desviado de su posición natural. Y un par de cuerdas no estaban donde deberían. De hecho, simplemente “no estaban”.

-Mierda, mierda, mierda-gritó frustrada la mujer-Mira lo que has hecho, inútil.

Patrick le miró sorprendido-¿Tocas en el Auditorio Nacional?
-A ti que te parece, genio-dijo, entre sollozos.

-Vale, mira, deja de llorar, por favor-suplicó Patrick-Si quieres te dejo un violín nuevo, ¿vale? Al menos por esta noche. Igual está desafinado pero…

La joven le miró como si estuviese loco, y se fue corriendo hacia el Auditorio. Tal vez allí habría un violín de repuesto.
Pero lo cierto es que no encontró nada. Preguntó a los recepcionistas, a sus compañeros, al director, y habría preguntado al público si no se lo hubiesen impedido unos guardias de seguridad. Ella era la solista. El violín más importante de toda la orquesta. ¡Y no iba a poder tocar!
Agotaba, se sentó en una silla en la sala de prácticas, tras el escenario. Y entonces lo vio. Apoyado en una silla, rodeado de un conjunto de ropa que le resultaba ligeramente familiar, estaba el violín más bonito del mundo. Era de madera de Pinoalto Fresco. Las cuerdas lo recorrían dulcemente, hechas de tripa entorchada con plata. La forma era atractiva, incluso sensual; Obra del mejor carpintero del Olimpo. Y unos suaves destellos dorados resplandecían bajo la luz de los focos, como si estuviese barnizado en Oro Invisible.
Laura cogió su arco y se acercó al violín abandonado, temiendo que desapareciese. Se conocía los violines de su orquesta, y ninguno era como aquel. Solo podía ser suyo. Y con toda la delicadeza que le fue posible, lo cogió entre sus manos, y salió al escenario.

Patrick en realidad, puesto que los violines no tienen ojos, nunca había visto a su yo-violín. De hecho, que era un violín era una corazonada que había tenido desde el día en que nació, pero si le hubiesen dicho que era una viola, no se habría atrevido a negarlo. Lo que sabía a ciencia cierta era que tenía cuatro cuerdas, y unas curvas de las que muchas mujeres tendrían envidia. Y en aquel momento, también sabía que lo estaban cogiendo. Lo cogían unas manos suaves, delicadas. Y a la vez expertas. Estaba deseando que lo tocasen.

Escuchó la voz grave del presentador, que dio lugar a un aplauso digno de mención. Luego, unas pisadas, que supuso que serían del director. Se apoyó en el cuello de su artista, y esperó. Fueron los segundos más silenciosos y eternos que jamás hubo esperado. Y entonces sonó.
El arco se movía entre sus cuerdas, acariciándolas a la vez que el tempo fluía. Y el sonido retumbaba en su caja de resonancia haciéndole divertidas cosquillas por todo su cuerpo. Pero no le importaba. Estaba ausente. Ausente escuchando las Notas que salían de su propio cuerpo. No eran cualquier tipo de notas, como esas que escuchaba de fondo del resto de los violines. Eran Notas. Notas capaces de domar a una bestia, de apaciguar a un bebé, de dominar el mundo, capaces de alterar la realidad. Capaces de conquistar corazones.

Cuando la última canción acabó, y la última Nota bailaba aún por el aire, juguetona, el público estalló en un Aplauso.
Patrick vivió esos momentos como el clímax de su vida; lleno de emociones que pensó que nunca podría sentir, resonantes en cada parte de su cuerpo. Se preguntó si podría llevar una vida súper-mega-corriente de violín para siempre.
Sí. Eso se preguntó en los últimos segundos de la noche de concierto. Luego llegó la noche normal y corriente. Al fin y al cabo, a la noche también le gustaba tener una vida súper-mega-corriente.

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