Cuento 6
La mayoría de los seres antropomorfos, son
bastante impresionantes. Los hombres-lobo, conocidos por las megafiestas que
dan las noches de luna llena, los hombres-gato, cuyo género femenino suele ser
descaradamente sexy, o incluso los hombres-lagarto, que aunque no tienen buena
fama, dicen que si les cortas la cola, les sale otra nueva.
La pregunta que se hacía Patrick todas
las mañanas era: ¿Qué coño tenía de bueno ser un hombre-violín?
A menudo, trataba de olvidarse de lo que
era. Al fin y al cabo, Patrick tenía una versión humana completamente normal,
pudiendo llevar una vida súper-mega-corriente.
Pero había un pequeño detalle; Las
noches de concierto en el Auditorio Nacional, no era capaz de controlar a su
yo-violín. Y ser un violín era muy aburrido si nadie te tocaba.
Había probado de todo con tal de ser sólo
humano. Una vez se mudó a Madrid, pero su yo-violín conectó con el Auditorio
Nacional de la ciudad. Después viajó a Haití, donde no había Auditorios
Nacionales. Pero su yo-violín conectó con una banda que tocaba algunas noches
en una plaza de la capital. Incluso probó mandando denuncias al Ayuntamiento,
tratando que cerrasen el auditorio. Pero nadie se creyó su historia.
Una noche de Auditorio, Patrick decidió
ir a ver la obra representada “Recopilación de las mejores canciones para
cuerda”.
Ya había ido algunas veces. Solía comprar
asientos en la última fila, para que nadie se fijase en su transformación. Al
menos, cuando era violín, seguía teniendo los cinco sentidos. Bueno, tres. Ni
la vista ni el gusto.
Aquella noche, mientras paseaba hacia el
auditorio, nada más girar la última esquina, se chocó bruscamente contra otra
persona. La desconocida cayó al suelo del impacto y lanzo un gemido de dolor.
Patrick, dolorido y mareado, se apoyó contra una pared cercana esperando a que
la cabeza parase de darle vueltas.
-¿De verdad me vas a dejar tirada en el
suelo?-le preguntó la joven, entre enfadada y divertida.
Patrick tardó en reaccionar, pero al
final llegó hasta la chica y le ayudó a levantarse.
-Perdón-se disculpó.
Pero la chica ya no le escuchaba. Estaba
embobada mirando hacia su espalda, en la que llevaba una funda negra, con forma
de ukelele.
A la velocidad del rayo, sacó el
instrumento de su funda y lo miró a través de las lágrimas. Era un violín. El mástil
estaba ligeramente desviado de su posición natural. Y un par de cuerdas no
estaban donde deberían. De hecho, simplemente “no estaban”.
-Mierda, mierda, mierda-gritó frustrada
la mujer-Mira lo que has hecho, inútil.
Patrick le miró sorprendido-¿Tocas en el
Auditorio Nacional?
-A ti que te parece, genio-dijo, entre
sollozos.
-Vale, mira, deja de llorar, por
favor-suplicó Patrick-Si quieres te dejo un violín nuevo, ¿vale? Al menos por
esta noche. Igual está desafinado pero…
La joven le miró como si estuviese loco,
y se fue corriendo hacia el Auditorio. Tal vez allí habría un violín de
repuesto.
Pero lo cierto es que no encontró nada.
Preguntó a los recepcionistas, a sus compañeros, al director, y habría
preguntado al público si no se lo hubiesen impedido unos guardias de seguridad.
Ella era la solista. El violín más importante de toda la orquesta. ¡Y no iba a
poder tocar!
Agotaba, se sentó en una silla en la
sala de prácticas, tras el escenario. Y entonces lo vio. Apoyado en una silla,
rodeado de un conjunto de ropa que le resultaba ligeramente familiar, estaba el
violín más bonito del mundo. Era de madera de Pinoalto Fresco. Las cuerdas lo
recorrían dulcemente, hechas de tripa entorchada con plata. La forma era
atractiva, incluso sensual; Obra del mejor carpintero del Olimpo. Y unos suaves
destellos dorados resplandecían bajo la luz de los focos, como si estuviese
barnizado en Oro Invisible.
Laura cogió su arco y se acercó al
violín abandonado, temiendo que desapareciese. Se conocía los violines de su
orquesta, y ninguno era como aquel. Solo podía ser suyo. Y con toda la
delicadeza que le fue posible, lo cogió entre sus manos, y salió al escenario.
Patrick en realidad, puesto que los
violines no tienen ojos, nunca había visto a su yo-violín. De hecho, que era un
violín era una corazonada que había tenido desde el día en que nació, pero si
le hubiesen dicho que era una viola, no se habría atrevido a negarlo. Lo que sabía
a ciencia cierta era que tenía cuatro cuerdas, y unas curvas de las que muchas
mujeres tendrían envidia. Y en aquel momento, también sabía que lo estaban
cogiendo. Lo cogían unas manos suaves, delicadas. Y a la vez expertas. Estaba
deseando que lo tocasen.
Escuchó la voz grave del presentador,
que dio lugar a un aplauso digno de mención. Luego, unas pisadas, que supuso
que serían del director. Se apoyó en el cuello de su artista, y esperó. Fueron
los segundos más silenciosos y eternos que jamás hubo esperado. Y entonces
sonó.
El arco se movía entre sus cuerdas, acariciándolas
a la vez que el tempo fluía. Y el sonido retumbaba en su caja de resonancia
haciéndole divertidas cosquillas por todo su cuerpo. Pero no le importaba.
Estaba ausente. Ausente escuchando las Notas que salían de su propio cuerpo. No
eran cualquier tipo de notas, como esas que escuchaba de fondo del resto de los
violines. Eran Notas. Notas capaces de domar a una bestia, de apaciguar a un
bebé, de dominar el mundo, capaces de alterar la realidad. Capaces de
conquistar corazones.
Cuando la última canción acabó, y la
última Nota bailaba aún por el aire, juguetona, el público estalló en un
Aplauso.
Patrick vivió esos momentos como el clímax
de su vida; lleno de emociones que pensó que nunca podría sentir, resonantes en
cada parte de su cuerpo. Se preguntó si podría llevar una vida súper-mega-corriente
de violín para siempre.
Sí. Eso se preguntó en los últimos
segundos de la noche de concierto. Luego llegó la noche normal y corriente. Al
fin y al cabo, a la noche también le gustaba tener una vida
súper-mega-corriente.
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