Cuento 10
No son muchas las cosas en las que se
ponen de acuerdo los habitantes de Syleria. Como bien dijo el primer filósofo
syleriano: “Por mucha nieve que caiga, la sopa seguirá igual de mala”. Pero si
había algo que todos tenían claro en aquel mundo, es que era mejor no acercarse
al Mar de Arena.
Y no lo decían por las hambrientas
pirañas con dientes de granito que patrullan la costa, ni por los tentáculos que
salían de las profundidades creando nubes de polvo y arena mientras te
aferraban y tiraban de ti hacia el fondo. Tampoco lo decían por las tormentas
en las que caían zafiros puntiagudos en vez de gotas, y rocas como casas en vez
de rayos. Ni por los torbellinos que surgían de la nada y, en cuestión de
segundos, te hundían en mitad del mar.
No, claro que no. Lo decían por Reyna.
Cuenta la leyenda que incluso las orcas de sílice cambian de camino si ven el
barco pirata a menos de tres kilómetros. Y es bien conocido por todos, que las
leyendas dicen siempre la verdad.
-¡Fuego a estribor!-ordenó una voz
sensual, y a la vez temible.
El rugido de veinte cañones pesados
disparando a la vez era la melodía que más le gustaba escuchar a Reyna por las
mañanas. Las balas de plomo salieron volando, y estallaron contra un enorme
galeón que surcaba el mar a unos metros. Los dos navíos viajaban en paralelo,
como si compitiesen en una carrera. El barco de Reyna era bastante más pequeño
en comparación. Aquel galeón tendría al menos cuarenta cañones a cada lado, y
un piso más de altura. Por suerte, eso les hacía un blanco fácil, a la vez que
les complicaba la tarea de acertar al pequeño navío que viajaba a su lado, a
unos metros. Cada vez más juntos.
-¡Reyna!-gritaron desde los
cañones-¡Están demasiado cerca, no podemos seguir disparando!
Su rostro se crispó. Odiaba cuando
cortaban las canciones antes del final. Con sus dos manos se recolocó el enorme
sombrero negro, lleno de tajos, en una posición más amenazadora, y se apartó el
pelo castaño de su cara. Ya tenía suficiente con la arena.
Sus ojos, verde oscuros, miraron al
galeón, meditando sus opciones. No gastó mucho tiempo decidiendo.
-Que les den por culo-dijo para sí.
Cogió el timón con una mano, y lo empujó
hacia la derecha.
El barco cambió de rumbo y chocó con una
gran sacudida. La proa se incrustó en el galeón desgarrando las tablas de
madera y dejando un boquete considerablemente amplio en la tercera planta. La
capitana dejó el timón y desenfundó su espada.
-¡Al ataque!
Toda la tripulación dejó sus tareas y
desenfundó las armas, uniéndose a su capitana. Hacían un grupo de lo más
variopinto. Hombres y mujeres, sucios de pólvora y arena, armados con espadas, lanzas, dagas y martillos,
corriendo hacia aquel boquete improvisado.
Y precisamente por ser improvisado, no
estaba defendido.
Reyna entró la primera. Alzó el sable,
parando a pocos centímetros un filo enemigo y pegó una patada a la entrepierna
del rival, que se encogió gimiendo. Con un elegante movimiento de muñeca, le
desarmó y le cortó la garganta.
El resto de los marineros parecieron
reconocerla, y un brillo de temor se asomó en sus ojos. Pero ninguno dudó. Estaban
allí para acabar con ella. Reyna sonrió. Le gustaban los retos.
Junto con su tripulación, limpiar la
planta le llevó menos de un minuto. Tal vez los rivales fuesen buenos
espadachines, pero Reyna sabía perfectamente cómo acabar con los corderos
armados.
-¡Caballeros!¡Id hacia abajo y llevad el
botín a donde le pertenece!-dijo bien alto-¡Señoritas, vosotras me acompañareis
arriba!
En la cubierta, el Capitán Tripton
esperaba junto con la mayoría de su tripulación a que se abriese la puerta que
daba a la tercera planta. Acabarían con aquella pirata escurridiza costase lo
que costase. Escucharon el ruido de los pasos avanzando, la madera crujiendo, y
la puerta se empezó a abrir… De repente sonó una gran explosión y desapareció
un trozo de suelo, saltando las astillas y hundiendo a varios de sus hombres.
Entre la confusión, la capitana y sus chicas salieron por el agujero
improvisado. Les gustaba improvisar.
Tripton gritó de ira y se lanzó contra
Reyna.
-¿No te enseñaron a usar las
puertas?-dijo indignado, mientras lanzaba un mandoble directo a la garganta.
Reyna frenó el ataque con su sable, dándole
el tiempo necesario para agacharse, mientas el ataque cortaba el aire… y dejaba
un tajo más en su sombrero.
-Habría muerto hace mucho si fuese tan predecible, ¿no crees?
Tripton volvió a atacar con una serie de
golpes sin descanso. Cargó de izquierda a derecha, y mientras Reyna se
recobraba de su esquive, volvió a lanzar su espada en un golpe diagonal desde
las alturas. La pirata paró el golpe con su espada, y avanzó con un giro suave
y provocativo. Las décimas de segundo que Tripton se desconcentró, le costaron
un tajo a la altura de la rodilla.
-Serás hija de puta-el calor de la
sangre le rociaba la pierna izquierda.
Se lanzó contra ella de improviso,
haciéndola retroceder más de lo que le habría gustado. La capitana se chocó
contra el mástil mayor lanzando un gemido. Las astillas se clavaron en su
espalda y la madera le raspó los hombros. Tripton lanzó un ataque recto al
corazón.
Reyna hizo un esfuerzo por apartarse de
la trayectoria olvidando el dolor de sus articulaciones, y la espada se clavó
en la madera. Tripton trató de recuperarla, pero Reyna le tiró al suelo de una
patada. La espada seguía clavada en el mástil.
-Parece que hoy no te vas a salir con la
tuya-dijo la pirata, sonriente, avanzando hacia él con la espada por delante.
El Capitán, tirado en el suelo,
retrocedió de espaldas ayudándose con las manos, alejándose lo más rápido que
podía de aquella bestia. Los ojos de Reyna brillaron en cuanto las manos de
Tripton rozaron una nueva madera. Miró a su espalda; Habían llegado a la
plancha.
Tripton se levantó y la espada se posó
suavemente en su pecho. No estaba dispuesto a retroceder por aquella rampa.
-Por favor-suplicó, agotado-Perdóname.
Sin embargo la espada cada vez hacía más
presión en su pecho. Dio un paso hacia atrás. La espada avanzó con él,
obligándole a seguir retrocediendo.
La plancha empezó a curvarse ligeramente
ante el peso de los dos capitanes. Reyna frenó en seco.
-¿Acaso no te contaron las
historias?-preguntó la capitana pirata-Adentrarse en este mar, significa ser
parte de mi botín.
Con una mueca de asco, dio la espalda a
Trinton y avanzó de vuelta a la cubierta del barco. Sus chicas ya habían
acabado con casi todos aquellos bárbaros. Un “click” metalizado sonó a su
espalda.
-No des un paso más, zorra de mierda.
Reyna se giró muy lentamente.
Reconocería aquel sonido en cualquier lugar. El capitán Trinton le apuntaba con
un revólver de calibre 40.
-Tal vez me hayas ganado la batalla, pero
no vas a salir viva de este infierno. Te voy a meter una bala en esa cabecita
tan mona y perfecta como que me llamo Liuk, ¡que me trague la tierra si miento!
El suelo retumbó como si le hubiese oído,
y del mar surgieron dos enormes tentáculos levantando una nube de polvo y arena.
Con una velocidad casi imposible, empezaron a enrollarse alrededor del capitán
Lyuk Trinton, estrujándolo y rompiendo sus huesos mientras agonizaba de dolor. Un
instante después, los tentáculos desaparecieron, y Trinton desapareció con
ellos.
Reyna observó el espectáculo
aterrorizada, hasta que empezó a reírse a carcajadas. Cuando logró calmarse, se
acercó a la desierta plancha, sobre la que reposaba un pequeño objeto metálico.
Lo recogió y volvió a la cubierta.
-¡Va siendo hora de volver,
señoritas!-dijo sonriente-Nuestros hombres deben de llevar esperándonos desde
hace un buen rato.
Tus cuentos son muy buenos, esperando el proximo <3
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