martes, 12 de abril de 2016

La Ricofilia

Cuento 12


Los Ricófilos son un tipo de personas de lo más llamativas. Solo pueden vivir rodeados de cosas caras; Ropa de marca, muebles alemanes, filetes de dodo, colchones de plumas, un par de Ferraris, y, para tener una vida plena, una pequeña isla en mitad del Mediterráneo.

Muchos estaréis pensando "Joder, pues yo también debo de ser ricófilo, porque todo eso me encanta". La diferencia fundamental, es que un ricófilo de verdad, no puede vivir de otra manera. Si se pone un reloj que no sea de marca, al reloj se le para la pila, o se le rompe la correa, o incluso se le parte una manecilla.

En realidad, el nombre más correcto para definirlos sería Cutrófobos. Sin embargo, es una palabra tan poco elegante que existiría el riesgo de que se extinguiesen.

La ricofilia es una cualidad hereditaria, predominante en las familias ricas.
De hecho, esta habilidad lleva danzando por la Tierra ya muchos años, pues nació junto a los primeros monarcas; Gente tan rica y poderosa que odiaba con toda su alma sentirse a la altura del pueblo. Llevaban trajes cosidos por los mejores sastres del reino, construían castillos diseñados por los mejores arquitectos del mundo, y conquistaban las islas más exóticas que controlara el imperio más importante de la época.

Sin embargo, a veces la ricofilia surge en familias no tan ricas, pero sí llenas de ambición. Y claro, es un gran problema, porque suelen confundirse con vagabundos callejeros.


Muchos científicos llevan ya un tiempo dándole vueltas al asunto. Si encontrasen el gen que convierte a las personas en ricófilas, podrían revolucionar el mundo. Por ejemplo, el famoso caso de Arquímedes. El pobre hombre, tuvo que llenar dos bañeras enteras de agua tan solo para ver si una corona era de oro de verdad. Sin embargo, bajo genes ricófilos, la solución sería tan fácil como ver si la corona se rompe o no.
¡Y esto solo es el principio! ¿Cuánta gente se siente estafada cuando compra diamantes? ¿No sería todo mucho más sencillo sabiendo que el diamante es de buena calidad, y no un simple pedazo de grafito pintado de azul?
¿Y los economistas? Si pudiesen ver la variación de la valoración de los productos a tiempo real según la cara de asco que ponga un espécimen de ricófilo…


Sí, sin lugar a dudas, la ricología es el futuro… Bueno,  mejor dicho, era. Era el futuro. Desde que llegó la crisis, los ricófilos ya no son lo que eran.

lunes, 11 de abril de 2016

El Poder Helado

Cuento 11


El reino de Alabasia se extendía desde la cima más alta de las Montañas del Ocaso hasta el último grano de sílice del Mar de Arena, atravesando la gran Meseta Roja. No era la región más grande de Syleria, ni probablemente la más avanzada, pero allí fue donde comenzó todo; la primera región habitada. Eran los que mejor comprendían el mundo.


Crimsol se limpió el sudor de la frente antes de ponerse de nuevo en posición defensiva. Sus rodillas se doblaron ligeramente, como si fuese a saltar de un momento a otro, y sus manos agarraron el mango del espadón aún con más fuerza. Sus ojos castaños se fijaron con determinación en el artefacto que tenía frente a él. Una caja negra sujeta por cuatro largas patas. En el centro,  seis cilindros le observaban, espectantes.

-¡Dale!-gritó al aire.

Entonces los engranajes empezaron a girar. El sonido oxidado del mecanismo se escuchaba cada vez más alto. Plop. De la máquina salió disparada una bola de madera del tamaño de un puño. Crimsol se desplazó a la velocidad del rayo hacia un lado y descargó un gran golpe sobre la bola. El filo la atravesó como con una facilidad aterradora, y la bola cayó al suelo partida por la mitad. Polp Polp. No había tiempo para descansar. Sus pies se movieron entre la arena y preparó su siguiente golpe.


Rothford era la capital de Alabasia. Los gigantescos muros de piedra que rodeaban la ciudad podían parecer incluso exagerados; y de hecho así era. Los muros no se construyeron para defenderse de los ejércitos enemigos que una vez cada cien años atravesaban las Montañas del Ocaso, sino para frenar las monstruosidades que salían del Mar de Arena cada milenio.

Merece la pena añadir que, en aquel momento, en las afueras de la ciudad, un galeón zarpaba desde el ancho rio Lao dirección al Mar de Arena. Lyuk Tripton a bordo, reflexionaba sobre cómo vencer a la famosa Reina Pirata...


En el castillo que se elevaba imponente en el centro de la ciudad, una voz retumbó en el salón del trono.

-Adelante.

Las puertas se abrieron, y una figura entró con paso firme. Llevaba puesta una armadura plateada que lanzaba rayos de luz a cada paso. La capa, verde oscuro con bordes dorados, ondeaba en sintonía con los destellos. No llevaba casco. Sus ojos, azul hielo, se clavaron en la figura sentada en el trono. Apoyó una rodilla en el suelo en gesto de sumisión.

-Buenos días, padre-dijo con una voz inexpresiva.

El rey le miró desde el trono. Nunca se había fiado de su hijo menor. Tal vez fuese por esa actitud tan reservada que llevaba a todas partes, o por aquellos ojos gélidos que no eran de su madre ni suyos. Pero lo cierto era que no le había fallado ni una sola vez en todos aquellos años.

-Puedes levantarte, Regis-dijo al fin-¿Dónde está tu hermano?

-Crim sigue en la sala de entrenamiento, padre.

-Ah, cierto cierto-dijo meditabundo-¿Podrías llevarme junto a la ventana, hijo? Mis huesos ya no son lo que eran.

-Claro, padre-lo dijo con un ligero toque de sarcasmo. Pero el rey estaba demasiado viejo como para percatarse de ello.

Regis permitió que su padre se apoyase en él, y se acercaron a la ventana que daba a los patios interiores del castillo. La luz que entraba por ella bañaba la estancia de un aura cálida y calmada.

-Pronto vendrá la familia Mondrake a negociar-dijo el rey-Estos últimos años han estado muy insistentes, y no paran de reclamar el derecho al trono. Solo saben decir estupideces sobre que tienen sangre real, o que van a montar una rebelión y tomar el castillo.

-Acaba con ellos pues, padre-dijo indiferente.

-Y entonces saldrán otros. O tal vez se unirán todos los nobles buscando respuestas y poder. No, así no funciona la política, Regis. Probablemente haya que ceder.

-Si cedes, se harán con el trono-una chispa de rabia recorrió la frase.

-Si cedo, dejarán de decir tonterías, y será más fácil controlarles-sentenció el rey.

-No, padre-negó con la cabeza-Así no funciona la política.

Y con un movimiento ensayado cientos y cientos de veces a lo largo de su vida, Regis desenvainó la espada y atravesó el corazón del rey. Allí donde la espada estaba en contacto con la piel, ésta se tornaba de un color blanquecino y frágil. Poco a poco, lo que antes había sido el rey de Alabasia, se convirtió en una estatua de hielo. Los ojos de Regis brillaron más fríos que nunca.  


Cuando Crim acabó el entrenamiento y salió a la calle, se dio cuenta de que algo iba mal. Se escuchaba el galope de decenas de caballos por las calles seguido de súplicas y gritos de dolor. A lo lejos, una columna de humo se elevaba hasta lo más alto de la muralla. El príncipe se acercó a un hombre que corría por la calle y le agarró por el hombro.

-¿Se puede saber que está pasando?

El hombre se debatió con la mirada entre responderle o salir corriendo.

-Están atacando la ciudad, señor. Dicen que el rey ha muerto, y que los espíritus de sus enemigos han vuelto a la vida para destruir Rothford.

Crim le soltó. “El rey ha… ¿muerto?” Sin dudar ni un momento, salió corriendo hacia el castillo.
Cuanto más avanzaba, el caos que recorría la ciudad se iba acentuando. Incendios por todas partes, signos de batalla en cada esquina, edificios semiderruidos… y un inquietante silencio que no debería estar ahí.

Crimsol llegó al castillo agotado. Un gran puente cruzaba el rio Lao, que nacía en la Montaña Aria y desembocaba en el Mar de Arena. Al otro lado del puente, estaban las puertas del castillo. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo; Estaban abiertas de par en par. A su espalda escuchó el ruido de unos cascos chocando contra la piedra. Aferró el mango de su arma aún enfundada, y esperó. Su padre le había explicado miles de veces que la paciencia era la clave del éxito. "3…2…1…”

-¡Ya!-Se giró y desenfundó el espadón, usando la inercia del movimiento para arremeter con un tajo horizontal capaz de cortar un árbol de un solo golpe.
Crim tuvo tiempo de ver a un caballo hecho de cristal helado un instante antes de que estallase en mil fragmentos al recibir el golpe. El soldado semitransparente que iba montado, calló de bruces contra el suelo, aunque no tardó en levantarse.

-¿A quién sirves, engendro?

Mas el monstruo de hielo no respondió. Lentamente desenfundó su espada, también forjada en hielo, y se lanzó contra el príncipe. Crim esquivó el golpe con un salto y contraatacó. Las espadas chocaron, y para su sorpresa, esta vez no estalló en pedazos.
Furioso, volvió a atacar por todos los flancos con movimientos expertos. El guerrero le frenó todos sus ataques con una tranquilidad gélida.
Entonces escuchó un chisporroteo a su espalda. Para él, aquello solo tenía un significado. Magia.
Saltó hacia un lado justo en el momento en el que una gema helada salió disparada. El proyectil rozó la espada de Crim, y fue a clavarse contra el soldado. Con un golpe sordo, el soldado estalló en pedacitos de cristal.

-Bien esquivado, hermanito.

Crimsol se giró y vio a Regis bajo la entrada al castillo. Sus ojos relucían con un aura sobrenatural. Fría. Calculadora.

-¿Regis?-preguntó conmocionado-¿Qué está pasando?

-Acaso no lo ves-le dijo señalándole la ciudad, mientras avanzaba por el puente-Voy a cambiar este reino.

Crim se atrevió a enfrentarse a los ojos de su hermano por primera vez en muchos años. Y vio. Vio la ira, el rencor y la ambición. Pero también vio el poder. Su hermano y él habían tenido vidas muy separadas desde jóvenes. A él lo prepararon para ser rey, y a Regis para ser soldado. Pero, ¿desde cuándo tenía todo ese poder? ¿Desde cuándo sabía hacer magia?

-¿Has matado a padre?-peguntó, temiendo confirmar lo que ya sabía.

-No me digas que te da pena-dijo divertido-Tan solo era un anciano. Un rey incapaz de ser rey. Estará mejor allá a donde haya ido.

Crim aferró su espadón y cargó contra su hermano. Los ojos de Regis destellaron, y comenzaron a salir estacas heladas del suelo. El príncipe las esquivó ágilmente, imparable. Su hermano pagaría por lo que había hecho.
Justo cuando iba a lograr su objetivo, una estaca surgió del suelo con una fuerza imposible, y se clavó en su pecho. Lo atravesó de lado a lado.

-Hermanito, algunas cosas no se pueden cambiar. Por suerte, los reyes son de las cosas que más rápidamente cambian.

Crim trató de insultarle, pero de su garganta solo salió sangre. La estaca desapareció tan rápido como había salido, dejando al príncipe tirado en el suelo.
Con un suspiro, Regis cargó forzosamente con el cuerpo de su hermano y lo tiró por el puente. Para las tareas cotidianas como sacar la basura no merecía la pena usar magia.

viernes, 8 de abril de 2016

La Reina Pirata

Cuento 10


No son muchas las cosas en las que se ponen de acuerdo los habitantes de Syleria. Como bien dijo el primer filósofo syleriano: “Por mucha nieve que caiga, la sopa seguirá igual de mala”. Pero si había algo que todos tenían claro en aquel mundo, es que era mejor no acercarse al Mar de Arena.
Y no lo decían por las hambrientas pirañas con dientes de granito que patrullan la costa, ni por los tentáculos que salían de las profundidades creando nubes de polvo y arena mientras te aferraban y tiraban de ti hacia el fondo. Tampoco lo decían por las tormentas en las que caían zafiros puntiagudos en vez de gotas, y rocas como casas en vez de rayos. Ni por los torbellinos que surgían de la nada y, en cuestión de segundos, te hundían en mitad del mar.
No, claro que no. Lo decían por Reyna. Cuenta la leyenda que incluso las orcas de sílice cambian de camino si ven el barco pirata a menos de tres kilómetros. Y es bien conocido por todos, que las leyendas dicen siempre la verdad.


-¡Fuego a estribor!-ordenó una voz sensual, y a la vez temible.

El rugido de veinte cañones pesados disparando a la vez era la melodía que más le gustaba escuchar a Reyna por las mañanas. Las balas de plomo salieron volando, y estallaron contra un enorme galeón que surcaba el mar a unos metros. Los dos navíos viajaban en paralelo, como si compitiesen en una carrera. El barco de Reyna era bastante más pequeño en comparación. Aquel galeón tendría al menos cuarenta cañones a cada lado, y un piso más de altura. Por suerte, eso les hacía un blanco fácil, a la vez que les complicaba la tarea de acertar al pequeño navío que viajaba a su lado, a unos metros. Cada vez más juntos.

-¡Reyna!-gritaron desde los cañones-¡Están demasiado cerca, no podemos seguir disparando!

Su rostro se crispó. Odiaba cuando cortaban las canciones antes del final. Con sus dos manos se recolocó el enorme sombrero negro, lleno de tajos, en una posición más amenazadora, y se apartó el pelo castaño de su cara. Ya tenía suficiente con la arena.
Sus ojos, verde oscuros, miraron al galeón, meditando sus opciones. No gastó mucho tiempo decidiendo.

-Que les den por culo-dijo para sí.

Cogió el timón con una mano, y lo empujó hacia la derecha.
El barco cambió de rumbo y chocó con una gran sacudida. La proa se incrustó en el galeón desgarrando las tablas de madera y dejando un boquete considerablemente amplio en la tercera planta. La capitana dejó el timón y desenfundó su espada.

-¡Al ataque!

Toda la tripulación dejó sus tareas y desenfundó las armas, uniéndose a su capitana. Hacían un grupo de lo más variopinto. Hombres y mujeres, sucios de pólvora y arena,  armados con espadas, lanzas, dagas y martillos, corriendo hacia aquel boquete improvisado.

Y precisamente por ser improvisado, no estaba defendido.

Reyna entró la primera. Alzó el sable, parando a pocos centímetros un filo enemigo y pegó una patada a la entrepierna del rival, que se encogió gimiendo. Con un elegante movimiento de muñeca, le desarmó y le cortó la garganta.

El resto de los marineros parecieron reconocerla, y un brillo de temor se asomó en sus ojos. Pero ninguno dudó. Estaban allí para acabar con ella. Reyna sonrió. Le gustaban los retos.

Junto con su tripulación, limpiar la planta le llevó menos de un minuto. Tal vez los rivales fuesen buenos espadachines, pero Reyna sabía perfectamente cómo acabar con los corderos armados.

-¡Caballeros!¡Id hacia abajo y llevad el botín a donde le pertenece!-dijo bien alto-¡Señoritas, vosotras me acompañareis arriba!


En la cubierta, el Capitán Tripton esperaba junto con la mayoría de su tripulación a que se abriese la puerta que daba a la tercera planta. Acabarían con aquella pirata escurridiza costase lo que costase. Escucharon el ruido de los pasos avanzando, la madera crujiendo, y la puerta se empezó a abrir… De repente sonó una gran explosión y desapareció un trozo de suelo, saltando las astillas y hundiendo a varios de sus hombres. Entre la confusión, la capitana y sus chicas salieron por el agujero improvisado. Les gustaba improvisar.
Tripton gritó de ira y se lanzó contra Reyna.

-¿No te enseñaron a usar las puertas?-dijo indignado, mientras lanzaba un mandoble directo a la garganta.

Reyna frenó el ataque con su sable, dándole el tiempo necesario para agacharse, mientas el ataque cortaba el aire… y dejaba un tajo más en su sombrero.

-Habría muerto hace mucho si fuese tan predecible, ¿no crees?

Tripton volvió a atacar con una serie de golpes sin descanso. Cargó de izquierda a derecha, y mientras Reyna se recobraba de su esquive, volvió a lanzar su espada en un golpe diagonal desde las alturas. La pirata paró el golpe con su espada, y avanzó con un giro suave y provocativo. Las décimas de segundo que Tripton se desconcentró, le costaron un tajo a la altura de la rodilla.

-Serás hija de puta-el calor de la sangre le rociaba la pierna izquierda.

Se lanzó contra ella de improviso, haciéndola retroceder más de lo que le habría gustado. La capitana se chocó contra el mástil mayor lanzando un gemido. Las astillas se clavaron en su espalda y la madera le raspó los hombros. Tripton lanzó un ataque recto al corazón.
Reyna hizo un esfuerzo por apartarse de la trayectoria olvidando el dolor de sus articulaciones, y la espada se clavó en la madera. Tripton trató de recuperarla, pero Reyna le tiró al suelo de una patada. La espada seguía clavada en el mástil.

-Parece que hoy no te vas a salir con la tuya-dijo la pirata, sonriente, avanzando hacia él con la espada por delante.

El Capitán, tirado en el suelo, retrocedió de espaldas ayudándose con las manos, alejándose lo más rápido que podía de aquella bestia. Los ojos de Reyna brillaron en cuanto las manos de Tripton rozaron una nueva madera. Miró a su espalda; Habían llegado a la plancha.

Tripton se levantó y la espada se posó suavemente en su pecho. No estaba dispuesto a retroceder por aquella rampa.

-Por favor-suplicó, agotado-Perdóname.

Sin embargo la espada cada vez hacía más presión en su pecho. Dio un paso hacia atrás. La espada avanzó con él, obligándole a seguir retrocediendo.
La plancha empezó a curvarse ligeramente ante el peso de los dos capitanes. Reyna frenó en seco.

-¿Acaso no te contaron las historias?-preguntó la capitana pirata-Adentrarse en este mar, significa ser parte de mi botín.

Con una mueca de asco, dio la espalda a Trinton y avanzó de vuelta a la cubierta del barco. Sus chicas ya habían acabado con casi todos aquellos bárbaros. Un “click” metalizado sonó a su espalda.

-No des un paso más, zorra de mierda.

Reyna se giró muy lentamente. Reconocería aquel sonido en cualquier lugar. El capitán Trinton le apuntaba con un revólver de calibre 40.

-Tal vez me hayas ganado la batalla, pero no vas a salir viva de este infierno. Te voy a meter una bala en esa cabecita tan mona y perfecta como que me llamo Liuk, ¡que me trague la tierra si miento!

El suelo retumbó como si le hubiese oído, y del mar surgieron dos enormes tentáculos levantando una nube de polvo y arena. Con una velocidad casi imposible, empezaron a enrollarse alrededor del capitán Lyuk Trinton, estrujándolo y rompiendo sus huesos mientras agonizaba de dolor. Un instante después, los tentáculos desaparecieron, y Trinton desapareció con ellos.

Reyna observó el espectáculo aterrorizada, hasta que empezó a reírse a carcajadas. Cuando logró calmarse, se acercó a la desierta plancha, sobre la que reposaba un pequeño objeto metálico. Lo recogió y volvió a la cubierta.

-¡Va siendo hora de volver, señoritas!-dijo sonriente-Nuestros hombres deben de llevar esperándonos desde hace un buen rato.

jueves, 7 de abril de 2016

Todo por Nada

Cuento 9


A Synto se le daba todo bien. Demasiado bien.
No hacía falta más que un instante para que su cabeza comprendiese todas las normas, movimientos, trucos y trampas necesarias para ser perfecto.

Era imbatible al billar, a los dardos, al golf, al futbolín, a los bolos, tocando el clarinete, el piano, el chelo, experto con el arpa, bailando, haciendo acrobacias, con los trucos de manos... Solo se le escapaban dos tipos de juegos: Los que hacía falta tener un buen cuerpo (fútbol. baloncesto, ciclismo...) en los que, aun así, era increíblemente bueno en comparación con su condición física. Y los que dependían de una infinidad de situaciones distintas, como el ajedrez o algunos juegos complejos de cartas. Y aun así, también mejoraba muy muy rápido.

-No puede existir nadie así-le dijeron un día-Aun no he visto una sola cosa que se te dé mal.

-Porque no la hay-dijo con un tono indiferente.

-Claro que tiene que haberla-de repente abrió los ojos-¡Ya sé! Las chicas. Seguro que te cuesta ligar, ¿no?

Synto lo meditó un momento-La verdad es que no. Es uno de los juegos más fáciles-dijo sonriente-No tiene muchas reglas.

Pero lo cierto es que sí había una cosa que a Synto se le daba fatal; Y era hacer amigos. La mayoría de la gente le odiaba por mera envidia. Y el resto, le odiaba por su falta de respeto. 
Como podéis imaginar, a Synto eso le preocupaba más bien poco. Principalmente, porque no se puede añorar algo que nunca se ha tenido.

Un día, mientras paseaba con calma por la calle, surgió un agujero negro bajo sus pies, le engulló a una velocidad extremadamente rápida, y desapareció. La calle se quedó desierta.

Synto, en otra dimensión espacio temporal, estaba cayendo. Hasta que dejó de caer. Todo lo que se podía apreciar era un inmenso y oscuro vacío. No había nada más. Ni nada menos.
Cualquier otra persona, en su situación, habría gritado. Habría  chillado de miedo, corrido en busca de una salida y rezado a Dios para que todo volviese a la normalidad.
Pero Synto no movió un músculo.
Un chip en su cabeza cambió de posición. Por arte de magia, comprendió que el universo estaba lleno de agujeros de gusano, y sin embargo nunca nadie había visto uno. Y mucho menos, lo había atravesado.
La estadística podía ser muy mentirosa, pero aquel comportamiento sólo tenía una solución.

-Los agujeros de gusano no son una realidad natural ¿verdad? Alguien los crea y los dirige. Son...

"Máquinas artificiales" dijo una voz, proveniente del infinito.

Synto asintió.
-¿Por qué me has traído aquí?

"¿Acaso no es evidente?" Synto notó un cierto tono de burla. Pero le pareció algo improbable. Aquella voz era lo más monótona e inexpresiva posible.
"Quiero llevarte al mundo al que deberías pertenecer. La Tierra no debería permitir la existencia de seres como tú".

-¿Otro mundo?-preguntó intrigado-Explícate.

"¿Tan difícil es? Te invito entrar a un mundo en el que no serás rechazado por la sociedad. Un mundo donde la línea entre la realidad y la irrealidad es tan fina, que solo gente muy especial es capaz de vivir en él. Te ofrezco huir de la soledad y el rencor; conocer la amistad, el amor… la felicidad”.

Synto estaba asombrado, pero una parte de él no le dejaba saltar directo a un abismo tan perfecto.

-¿Qué es lo que pierdo?

“Eso también lo sabes. Pierdes ser especial. Pierdes el derecho a guiar a la humanidad por un camino que sólo tú puedes ver. Dejarás de ser el pastor, para ser la oveja”.

Synto se quedó callado durante un buen rato. Al final habló.

-Creo que la solución está muy clara.

Y un agujero negro apareció bajo sus pies. Un segundo más tarde, todo había desaparecido.