Cuento 1
Si había algo por lo que la ciudad de Rinferline
era conocida, era por la cantidad de gatos que recorrían sus calles. Si alguien
se hubiese parado a pensarlo, se habría dado cuenta que aquellos felinos eran
los dueños de la ciudad, y los humanos sus mascotas. Pero todos estaban
demasiado ocupados con sus quehaceres como para reflexionar sobre la
aristocracia gatuna.
Ágata había llegado hacía poco a la
ciudad. La Academia de los Hechiceros la había mandado allí tras acabar sus
estudios. Y, aunque sabía que su trabajo era bastante complicado, no se esperaba
tener un problema nada más entrar por la puerta de la casa. Bueno, más bien
quince problemas.
Había gatos por todas partes, de todos
los colores y de todas las formas. Durmiendo en las estanterías o limpiándose a
lengüetazos en el sofá; Gatos pardos, blancos, negros e incluso uno invisible
que solo los magos serían capaces de ver; Y sí, de todas las formas: encogidos
en una bola, estirados, gatos con seis patas o incluso con tres ojos.
A Ágata ya le habían advertido antes de
llegar que algo así pasaría, así que no le asustaba el hecho de estar rodeada
de animales, sino el hecho de que a partir de ese instante eran sus gatos. Sí,
SUS gatos. ¡Y tenía que ponerles nombre!
Dos nombres, bueno. Tres… aceptable.
¿¡Pero quince!?
Dejó las maletas en el suelo y se
dispuso a tumbarse en la cama. Le habría gustado dejarse caer sobre la colcha
blanda y respirar hondo hasta dormirse, pero tuvo que tumbarse con cuidado para
no aplastar ninguna mata de pelo viviente, y luego no fue capaz de conciliar el
sueño con tantos maullidos por la casa.
Frustrada, se levantó de nuevo y volvió
al salón. Había algo que no cuadraba en aquella sala, y tardó un rato en
comprender qué era: ¡Solo había un libro en la estantería!
Movida por la curiosidad, se acercó y lo
cogió entre sus manos: “Recopilación e Historia de los Nombres Comunes”.
No tardó en sentarse en el sofá, abrirlo y empezar a leerlo. Si por algo eran
conocidos los Hechiceros, era por sus ganas insaciables de leer.
NUBE
Nube fue el primer felino en lograr el respeto de
los humanos. Nacido en la costa de Blaterffy y cuidado por una familia de
hosteleros creció como un gato blanco y gordo.
Cuando
uno de los Treinta Grandes Dragones bajó de las montañas para calcinar el
pueblo de Blaterffy, Nube se encontraba cazando una mariposa en la costa. El
dragón, hambriento, decidió que aquel animal asado debía de estar especialmente
rico. Antes de que Nube se percatase si quiera de que un dragón le miraba
hambriento, una llamarada salió de su boca y chamuscó la mariposa, el campo, e
incluso el cielo, pero Nube permaneció impasible, preguntándose qué habría
sucedido.
Al
dragón no le hizo ninguna gracia que aquel animal hubiese sobrevivido a su
aliento ígneo, y volvió a quemar todo cinco veces más.
Nube,
viendo que hacía demasiado calor allí, decidió volver a casa.
El
dragón, pensando que aquello no podía ser más que una pesadilla estúpida, se
volvió por donde había venido.
Los
habitantes del pueblo, que presenciaron la batalla y cómo Nube había expulsado
al dragón, vitorearon al felino y le sirvieron como a un rey durante el resto
de su vida (la única que le quedaba, claro).
La
cantidad de monumentos y el buen trato que se dio a todo los gatos que pasaron
por el pueblo, no fue más que el comienzo de lo que hoy, siglos después, se llama
la ciudad de Rinferline.
TOFI
Aunque
a Nube le “sirvieron como un rey”, fue Tofi I quien instauró décadas más tarde,
la verdadera monarquía felina…
Frotándose los ojos, Ágata cerró el
libro y se recostó en el sofá justo a un par de gatos. Aunque maullaron
insatisfechos al principio, al final se callaron, y la chica cayó rendida ante
la comodidad del sofá, durmiendo como no había hecho en todo el viaje.
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