martes, 29 de marzo de 2016

Once Minutos y Once Segundos

Cuento 2


Todo el mundo sabía que si pasabas más de once minutos y once segundos en el Taller de Maklet, lo más seguro era que salieses de allí sin vida.
Al principio esta afirmación se había dicho con sorna entre los habitantes del Gran Pueblo. No obstante, la cantidad de situaciones misteriosas atrajo a la curiosidad, la curiosidad atrajo a los científicos, y los científicos volvieron con la certeza entre las manos. Once minutos y doce segundos en ese taller, y podías considerarte hombre muerto.

Maklet era uno de los mejores alquimistas del continente, y esa era la única razón por la que podía permanecer doce minutos en su taller. Y seguramente también era la única razón por la que el resto del mundo no podía hacerlo.
El Alquimista olía siempre a especias picantes y musgo húmedo. Sólo unas pocas veces, al salir del laboratorio, el olor a chamuscado era más intenso.

Si bien todos los habitantes le temían, no tanto por su taller maldito, sino por su trabajo, lo cierto es que siempre estaba hasta arriba de trabajo. El límite de los once minutos no parecía surtir efecto disuasorio, pues una cola de gente que serpenteaba a lo largo de varias calles esperaba ansiosa a que llegase su turno para pedirle algún encargo, o para recogerlo.

Este hecho es crucial, pues es aquí donde entra nuestro pequeño Aimit. El joven se acercó un día hasta el taller justo a la hora de su cierre, cuando no había más gente esperando junto a la puerta. (Cabe decir que a esas horas no quedaba gente no porque el taller fuese a cerrar, sino porque todos saben que cuando cae la noche, los ladrones y asesinos salen de sus agujeros, y estar en la calle doce minutos significa estar tan muerto como en el viejo taller).
Como íbamos diciendo, al joven Aimit, sin nada que perder, no le importó ir hasta el taller con tal de hablar con el Alquimista.

-¿Qué haces aquí, muchacho?-preguntó ligeramente sorprendido-El taller está cerrado, abriré mañana a primera hora.

-Yo…-a Aimit se le colapsaban las palabras sin saber cuál iba primero y cual después-Gustaría… Quiero decir que…

-¡Suéltalo ya, chico! O te cortarán la lengua antes de que acabes la frase.

Aimit se moría de vergüenza-Megustaríasertuaprendizseñor-logró decir a toda velocidad.

Tras unos segundos, Maklet empezó a reírse tan alto que casi se le salieron los pulmones-¿Mi aprendiz?-dijo divertido-Pero muchacho, si ni siquiera podrías pasar doce minutos seguidos en el taller.

Aimit se encogió de hombros-Cada once minutos saldré a la calle y luego volveré a entrar.

El Alquimista le miró como si hubiese perdido la cabeza. Pero claro, cuando un alquimista lanza una mirada, suele significar cosas distintas a lo que interpreta la gente normal.

-Muy bien. En ese caso, haz lo que quieras. Tendrás que firmarme el contrato de Suicidio Voluntario al menos.

-¿Lo que quiera?-le preguntó emocionado, ignorando el resto de sus palabras-¿Puedo trabajar contigo?

-¡¿De alquimista?!-le dijo preocupado-Ni se te ocurra. No quiero que mi taller vuele por los aires.

Aimit le miró un poco decepcionado, pero aún quedaba ilusión en sus ojos-No tiene por qué ser de alquimista. Puedo ayudarle en la recepción, o acercarle las sustancias que necesite. ¿Mi padre era herborista, sabe? Podría ayudarle incluso a recoger plantas del bosque para sus experimentos.

Maklet le miró de arriba abajo, con una tristeza suave y antigua en sus ojos, y añadió-Con una condición, muchacho. Solo si hueles a musgo y pimienta.

Y con un giro muy bien ensayado, levantó su capa de alquimista y se dio la vuelta. La capa cayó sobre él, lenta y ondulante, y donde antes había un alquimista, ahora solo quedaba una capa negra tirada en el suelo.

No fue hasta varias horas más tarde cuando Aimit, tras llegar a las ruinas en las que vivía, exhausto, con varios arañazos y la ropa desgarrada, pruebas de sus batallas contra ladrones y asesinos, comprendió la gran utilidad de desaparecer tan solo con un ligero movimiento de piernas y una capa.

<<Al menos>> pensó para sí <<Logré coger un poco de musgo del bosque>>.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comentad cuanto querais, ¡Para algo existe la libertad de expesión!