Cuento 2
Todo el mundo sabía que si pasabas más
de once minutos y once segundos en el Taller de Maklet, lo más seguro era que
salieses de allí sin vida.
Al principio esta afirmación se había
dicho con sorna entre los habitantes del Gran Pueblo. No obstante, la cantidad
de situaciones misteriosas atrajo a la curiosidad, la curiosidad atrajo a los
científicos, y los científicos volvieron con la certeza entre las manos. Once
minutos y doce segundos en ese taller, y podías considerarte hombre muerto.
Maklet era uno de los mejores alquimistas
del continente, y esa era la única razón por la que podía permanecer doce
minutos en su taller. Y seguramente también era la única razón por la que el
resto del mundo no podía hacerlo.
El Alquimista olía siempre a especias
picantes y musgo húmedo. Sólo unas pocas veces, al salir del laboratorio, el
olor a chamuscado era más intenso.
Si bien todos los habitantes le temían, no
tanto por su taller maldito, sino por su trabajo, lo cierto es que siempre
estaba hasta arriba de trabajo. El límite de los once minutos no parecía surtir
efecto disuasorio, pues una cola de gente que serpenteaba a lo largo de varias
calles esperaba ansiosa a que llegase su turno para pedirle algún encargo, o
para recogerlo.
Este hecho es crucial, pues es aquí
donde entra nuestro pequeño Aimit. El joven se acercó un día hasta el taller
justo a la hora de su cierre, cuando no había más gente esperando junto a la
puerta. (Cabe decir que a esas horas no quedaba gente no porque el taller fuese
a cerrar, sino porque todos saben que cuando cae la noche, los ladrones y
asesinos salen de sus agujeros, y estar en la calle doce minutos significa estar
tan muerto como en el viejo taller).
Como íbamos diciendo, al joven Aimit,
sin nada que perder, no le importó ir hasta el taller con tal de hablar con el
Alquimista.
-¿Qué haces aquí, muchacho?-preguntó
ligeramente sorprendido-El taller está cerrado, abriré mañana a primera hora.
-Yo…-a Aimit se le colapsaban las
palabras sin saber cuál iba primero y cual después-Gustaría… Quiero decir que…
-¡Suéltalo ya, chico! O te cortarán la
lengua antes de que acabes la frase.
Aimit se moría de vergüenza-Megustaríasertuaprendizseñor-logró
decir a toda velocidad.
Tras unos segundos, Maklet empezó a reírse
tan alto que casi se le salieron los pulmones-¿Mi aprendiz?-dijo divertido-Pero
muchacho, si ni siquiera podrías pasar doce minutos seguidos en el taller.
Aimit se encogió de hombros-Cada once
minutos saldré a la calle y luego volveré a entrar.
El Alquimista le miró como si hubiese
perdido la cabeza. Pero claro, cuando un alquimista lanza una mirada, suele
significar cosas distintas a lo que interpreta la gente normal.
-Muy bien. En ese caso, haz lo que
quieras. Tendrás que firmarme el contrato de Suicidio Voluntario al menos.
-¿Lo que quiera?-le preguntó emocionado,
ignorando el resto de sus palabras-¿Puedo trabajar contigo?
-¡¿De alquimista?!-le dijo preocupado-Ni
se te ocurra. No quiero que mi taller vuele por los aires.
Aimit le miró un poco decepcionado, pero
aún quedaba ilusión en sus ojos-No tiene por qué ser de alquimista. Puedo
ayudarle en la recepción, o acercarle las sustancias que necesite. ¿Mi padre
era herborista, sabe? Podría ayudarle incluso a recoger plantas del bosque para
sus experimentos.
Maklet le miró de arriba abajo, con una tristeza
suave y antigua en sus ojos, y añadió-Con una condición, muchacho. Solo si
hueles a musgo y pimienta.
Y con un giro muy bien ensayado, levantó
su capa de alquimista y se dio la vuelta. La capa cayó sobre él, lenta y
ondulante, y donde antes había un alquimista, ahora solo quedaba una capa negra
tirada en el suelo.
No fue hasta varias horas más tarde
cuando Aimit, tras llegar a las ruinas en las que vivía, exhausto, con varios
arañazos y la ropa desgarrada, pruebas de sus batallas contra ladrones y
asesinos, comprendió la gran utilidad de desaparecer tan solo con un ligero
movimiento de piernas y una capa.
<<Al menos>> pensó para sí
<<Logré coger un poco de musgo del bosque>>.
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