Cuento 3
Deirus volvió a atacar con su martillo a
aquella masa inquieta de rayos verdes y nubes rosas y esponjosas, mientras la
agarraba con pinzas para mantenerla encima del yunque. Él era el mejor Herrero
de Sueños del mundo, y ese sueño le estaba quedando especialmente apetitoso.
Repitió el golpe, y los rayos, molestos,
parecieron retroceder unos milímetros de donde habían estado antes. Estaba
claro que crear sueños no era tarea sencilla, y requería muchísimo tiempo y
dedicación, pero merecía la pena cuando veías el efecto que creabas en todo el
mundo.
Dejó el martillo a un lado y, sujetando
aún más fuerte el sueño con las pinzas, lo llevó hacia el Horno Onírico. Aunque
a Deirus siempre le había parecido que, más que un horno, era un pozo de oro
fundido.
Como si llevase ocho platos de sopa
hasta arriba y no quisiese desbordarlos al moverse, el Herrero de Sueños
introdujo lentamente su obra en el fluido dorado.
Cuando lo sacó, con el mismo cuidado, los
rayos tenían un tono azulado, y parecían destellar a un ritmo concreto, siempre
en el mismo orden.
Las nubes, antes rosadas y esponjosas,
eran ahora anaranjadas y mucho menos sólidas; casi inmateriales.
Deirus sopló hasta que el sueño pareció
enfriarse un poco. Se acercó a una estantería y observó los distintos tarros.
Todos parecían contener especias; canela, pimienta negra, azúcar… aunque
también había botes que contenían polvos azules y verdes, que cualquiera diría
que eran purpurina.
Con actitud decidida, como quien ha
creado miles de sueños antes, empezó a coger distintas pizcas de especias y a
echarlas sobre las nubes: Un poco de azúcar para endulzar el sueño, un puñado
de canela para que parezca surrealista... y así se tiró un buen rato.
Cuando lanzó el último puñado que el
sueño absorbió a gusto, el Herrero de Sueños sonrió. Ya estaba acabado. El
resto del trabajo le correspondía a Sandman.
Con una fuerza sobrehumana, Deirus lanzó
el sueño a la velocidad de la luz, directo hacia el gran espejo que tenía en su
taller. El espejo era ovalado, del tamaño de una persona, y de espejo tenía más
bien poco; era el portal a la Dimensión de los Sueños.
Cuando la nube anaranjada de rayos
azules y especias multicolor tocó la superficie del espejo, como no podía ser
de otra forma, chocó y explotó, dejando la fragua con cachitos de nube por
todos lados y rayos verdes que rebotaban por las paredes.
Aunque para ser exactos, no todo el
sueño chocó contra la frontera de Realidad. Una pequeña bolita de color dorado
sí que pasó a través del portal.
La Dimensión de los Sueños no es un lugar
agradable al que ir de visita. Cada sueño, mientras viaja hacia su destino,
emite su propia historia en el espacio-tiempo.
En otras palabras, a lo largo de esta
dimensión, miles de pelotas vuelan de un lado a otro como si hubiese una gran
guerra de bolas de nieve. Con el pequeño detalle de que alrededor de cada bola,
se crea una escena de lo más pintoresca, que se va chocando y entrelazando con
el resto de las escenas.
El sueño de Deirus no tardó en
colisionar con un par de tigres negros de rayas azules y un melancólico
amanecer verduzco, para finalmente estrellarse contra un gran acantilado frente
al mar. Las imágenes poco a poco se iban mezclando como una gran ensalada,
dando resultados cada vez más fantasiosos. La bola dorada siguió su trayectoria…
Hacia el mismo punto al que iban todas las demás, el Sueño Final.
En cuanto la pequeña bola chocó contra
él, la dimensión pareció paralizarse y comenzó a brillar. Se había llegado al
límite de creatividad.
-Parece que el sueño de hoy está listo-dijo
Sandman divertido, desde otra dimensión.
Y con un breve hechizo, acompañado del
imprescindible movimiento de muñeca, el Sueño Final salió disparado como una
bala, dejando en su camino una estela de polvo oniricoestelar.
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