Cuento 4
Construir catedrales era muy divertido.
Sobre todo si delante de ti, en la enorme fila de esclavos que transportaban materiales,
tenías a una preciosa joven con un prominente trasero. O al menos eso pensaba “381”.
Recordaba vagamente el nombre que le dieron al nacer, pero ya poco le
importaba. Si de algo tenía fama el Imperio Regiano, era de asegurarse que sus
esclavos no escapasen.
A 381 le habría gustado que 380 le
lanzase alguna mirada de vez en cuando. Pero si ella lo hacía, se llevaría un
latigazo en el costado antes de que volviese a mirar hacia delante. Así que
tuvo que conformarse con ver cómo el pelo ondulado y castaño bailaba con el
viento, y cómo las gotas de sudor caían por su bronceada y perfecta espalda
para colarse en el pantalón desgastado, y como se movía de un lado a otro aquel
gigantesco…
381 agitó la cabeza y se obligó a pensar
en otras cosas. Como las gachas calientes y sabrosas que le darían de comer si
llegaba hasta la catedral sin que se le cayese aquella pedazo piedra, más
grande qué el iPhone9… bueno, tal vez un poco más pequeño.
El paisaje de alrededor rara vez
cambiaba. Iban desde las cuencas mineras de GranCaldilla hasta Regiópolis atravesando
la Llanura Inundada.
381 se preguntaba por qué la
denominarían “Inundada”, si era la extensión más desierta, desolada y calurosa
que había visto en su vida, aunque empezó a sospechar que tenía que ver con el
rastro de sudor que dejaban los centenares de esclavos a su paso.
A la octava noche del vigesimocuarto
trayecto de ida, hubo algo que empezó a preocupar a los Vigilantes de la
caravana. Se escuchaban demasiados aullidos en la lejanía.
No era raro que los lobos se acercasen
de vez en cuando a la Llanura. Los lobos buscaban comida, y a los Vigilantes no
les importaba que cazasen a un par de esclavos si a cambio el resto podían
avanzar sin contratiempos.
Pero, como íbamos diciendo, aquella
noche se escuchaban Demasiados aullidos.
381 también lo notó y un escalofrío
recorrió todo su cuerpo.
Tras unas pocas horas, medio centenar de
lobos aparecieron en la lejanía, y todos empezaron a soltar gritos de sorpresa
con una buena pizca de terror. Incluso los Vigilantes parecieron replantearse si
saldrían de allí con vida.
Cuando los lobos se encontraban a veinte
pasos de la fila, los vigilantes salieron en su busca armados con sus látigos y
unas enormes espadas formadas de una aleación de alúmina y cobre.
Sin embargo, los lobos se aseguraron de
pasar entre los huecos que dejaban los pocos vigilantes había, para cazar a las
presas más débiles.
Un lobo, casi tan grande como un
caballo, cogió impulso y se abalanzó sobre 381, que se quedó petrificado al ver
las fauces abiertas del animal, llenas de afilados colmillos listos para
desgarrarle la…
Ante la impresionada mirada de 381, el
lobo recibió un fortísimo golpe en el costado y salió volando hacia un lado.
380 le miraba con una sonrisa en la
cara, mientras sujetaba entre sus manos el trozo de columna con el que había
bateado a la bestia. 381 no pudo dejar de mirar aquellos preciosos ojos caoba
que le miraban divertidos y asustados a la vez.
-Gr-Gracias-logró decir.
380 asintió, aceptando su
agradecimiento, y se dio la vuelta para defender al resto de compañeros que se
debatían entre la vida y la muerte contra aquellas criaturas.
Si diesen una medalla al esclavo más
valiente, 381 tenía claro quien se la habría llevado. No obstante, los
Vigilantes dejaron claro que nadie volvería a hablar de aquella noche. La única
prueba que quedaba del incidente, eran los veinte cadáveres humanos abandonados
en algún lugar de la Llanura. Y con toda seguridad, no seguirían allí por mucho
tiempo.
Pronto llegaron a Regiópolis, y tras
media decena de viajes más, también lograron acabar la catedral. Pero a 381
todo le daba igual desde el día del incidente. Se pasaba 23 horas al día
pensando en aquellos ojos deslumbrantes, y la hora restante en gachas
calientes.
Al menos, así fue hasta un par de días después,
cuando a 380 se le resbaló el pedrusco de las manos… y tuvo que agacharse a
recogerla.
Lo más impresionante fue que no se llevó
ningún latigazo, pero no precisamente porque el Vigilante no la hubiese visto.
Merece la pena añadir que la Catedral de
San Fraimundo IV es, aún hoy en día, una de las catedrales más impresionantes
que quedan del viejo Imperio Regiano. Su fachada lleva al extremo la “desmaterialización”
del arte regiománico, destacando el gran pórtico triple ojival.
Encima del pórtico, descansan dos
magníficas estatuas de los primeros reyes del Imperio (Fraimundo I y su esposa
Qwelerina de Rantuf), simbolizando la justicia y la sabiduría del pueblo
regiano.
Las torres laterales, de 70 y 71 metros
de altura, tienen un estilo más sobrio y macizo, brillando un arte muy
flamígero. Y, si uno se fija detalladamente en la fina columna que decora la
torre izquierda entre el tercer y cuarto piso, puede apreciar una pequeña
marca, que bien podría pasar por un desperfecto debido al tiempo… con la forma
exacta de la costilla de un lobo.
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