jueves, 31 de marzo de 2016

La Catedral

Cuento 4


Construir catedrales era muy divertido. Sobre todo si delante de ti, en la enorme fila de esclavos que transportaban materiales, tenías a una preciosa joven con un prominente trasero. O al menos eso pensaba “381”. Recordaba vagamente el nombre que le dieron al nacer, pero ya poco le importaba. Si de algo tenía fama el Imperio Regiano, era de asegurarse que sus esclavos no escapasen.

A 381 le habría gustado que 380 le lanzase alguna mirada de vez en cuando. Pero si ella lo hacía, se llevaría un latigazo en el costado antes de que volviese a mirar hacia delante. Así que tuvo que conformarse con ver cómo el pelo ondulado y castaño bailaba con el viento, y cómo las gotas de sudor caían por su bronceada y perfecta espalda para colarse en el pantalón desgastado, y como se movía de un lado a otro aquel gigantesco…
381 agitó la cabeza y se obligó a pensar en otras cosas. Como las gachas calientes y sabrosas que le darían de comer si llegaba hasta la catedral sin que se le cayese aquella pedazo piedra, más grande qué el iPhone9… bueno, tal vez un poco más pequeño.

El paisaje de alrededor rara vez cambiaba. Iban desde las cuencas mineras de GranCaldilla hasta Regiópolis atravesando la Llanura Inundada.
381 se preguntaba por qué la denominarían “Inundada”, si era la extensión más desierta, desolada y calurosa que había visto en su vida, aunque empezó a sospechar que tenía que ver con el rastro de sudor que dejaban los centenares de esclavos a su paso.

A la octava noche del vigesimocuarto trayecto de ida, hubo algo que empezó a preocupar a los Vigilantes de la caravana. Se escuchaban demasiados aullidos en la lejanía.
No era raro que los lobos se acercasen de vez en cuando a la Llanura. Los lobos buscaban comida, y a los Vigilantes no les importaba que cazasen a un par de esclavos si a cambio el resto podían avanzar sin contratiempos.
Pero, como íbamos diciendo, aquella noche se escuchaban Demasiados aullidos.
381 también lo notó y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

Tras unas pocas horas, medio centenar de lobos aparecieron en la lejanía, y todos empezaron a soltar gritos de sorpresa con una buena pizca de terror. Incluso los Vigilantes parecieron replantearse si saldrían de allí con vida.
Cuando los lobos se encontraban a veinte pasos de la fila, los vigilantes salieron en su busca armados con sus látigos y unas enormes espadas formadas de una aleación de alúmina y cobre.
Sin embargo, los lobos se aseguraron de pasar entre los huecos que dejaban los pocos vigilantes había, para cazar a las presas más débiles.

Un lobo, casi tan grande como un caballo, cogió impulso y se abalanzó sobre 381, que se quedó petrificado al ver las fauces abiertas del animal, llenas de afilados colmillos listos para desgarrarle la…
Ante la impresionada mirada de 381, el lobo recibió un fortísimo golpe en el costado y salió volando hacia un lado.
380 le miraba con una sonrisa en la cara, mientras sujetaba entre sus manos el trozo de columna con el que había bateado a la bestia. 381 no pudo dejar de mirar aquellos preciosos ojos caoba que le miraban divertidos y asustados a la vez.

-Gr-Gracias-logró decir.

380 asintió, aceptando su agradecimiento, y se dio la vuelta para defender al resto de compañeros que se debatían entre la vida y la muerte contra aquellas criaturas.


Si diesen una medalla al esclavo más valiente, 381 tenía claro quien se la habría llevado. No obstante, los Vigilantes dejaron claro que nadie volvería a hablar de aquella noche. La única prueba que quedaba del incidente, eran los veinte cadáveres humanos abandonados en algún lugar de la Llanura. Y con toda seguridad, no seguirían allí por mucho tiempo.

Pronto llegaron a Regiópolis, y tras media decena de viajes más, también lograron acabar la catedral. Pero a 381 todo le daba igual desde el día del incidente. Se pasaba 23 horas al día pensando en aquellos ojos deslumbrantes, y la hora restante en gachas calientes.
Al menos, así fue hasta un par de días después, cuando a 380 se le resbaló el pedrusco de las manos… y tuvo que agacharse a recogerla.
Lo más impresionante fue que no se llevó ningún latigazo, pero no precisamente porque el Vigilante no la hubiese visto.


Merece la pena añadir que la Catedral de San Fraimundo IV es, aún hoy en día, una de las catedrales más impresionantes que quedan del viejo Imperio Regiano. Su fachada lleva al extremo la “desmaterialización” del arte regiománico, destacando el gran pórtico triple ojival.
Encima del pórtico, descansan dos magníficas estatuas de los primeros reyes del Imperio (Fraimundo I y su esposa Qwelerina de Rantuf), simbolizando la justicia y la sabiduría del pueblo regiano.

Las torres laterales, de 70 y 71 metros de altura, tienen un estilo más sobrio y macizo, brillando un arte muy flamígero. Y, si uno se fija detalladamente en la fina columna que decora la torre izquierda entre el tercer y cuarto piso, puede apreciar una pequeña marca, que bien podría pasar por un desperfecto debido al tiempo… con la forma exacta de la costilla de un lobo.

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